Lo duro y lo maravilloso de enamorarte de una mamá lesbiana

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Cuando me lo dijo ya era demasiado tarde. Porque yo ya estaba prendada de ella. Nos habíamos conocido en una aplicación de internet donde Paula no contaba mucho de ella misma. Chateamos muy poco después del match, me dijo que prefería el cara a cara y acepté.

Cuando la vi llegar -suelo llegar primera a las citas para apaciguar los nervios- me pareció preciosa. Aún más cuando se sentó con una sonrisa increíble y comenzó a contar una divertida historia que le acababa pasar en el metro. «Podría enamorarme de ella ya mismo», pensé.

Por eso, cuando en mitad del primer vino me contó que estaba divorciada y tenía dos hijos me quedé de piedra. Los niños nunca han llamado mi atención, y de las tres tías que tienen mis sobrinos, claramente no soy la preferida.

Mientras mi cerebro decía: «esto es complicado, no solo hay dos criaturas, también otra madre dando vueltas por ahí, huye», el resto de mi cuerpo solo repetía: «pero cómo puedes ser tan preciosa y tan alegre». Al final me quedé y el vino se alargó hasta la cena.

No nos liamos esa noche. Ella tenía que ir a casa pronto porque al día siguiente madrugaba por cosas de sus hijos. Pensé otra vez «no voy a meterme en este jardín», pero lo cierto es que me pasé toda la semana hablando con ella a cada rato. Ya cuando nos volvimos a ver yo estaba profundamente enamorada y lo de niños, mascotas, ex esposa, pasaron a un muy lejano lugar.

Mi relación con Paula fue maravillosa. Y digo «fue» porque se terminó hace dos meses. Aunque parecía que iba a ser la más complicada, por toda la mochila que traía, fue la más divertida, la más respetuosa, y la de amor más sano. Estuvimos cuatro años juntas, de los cuales vivimos los últimos tres.

No solo me enamoré de ella, y cómo no, es una de las personas más especiales que conozco, también me enamoré de esos dos gremlins que trajo a este mundo. Cuando Paula y yo comenzamos a salir su hija tenía 3 años y su hijo 5. Mi vida dio un vuelco que no podéis imaginar. Mis pasatiempos variaron bastante. Podía pasarme horas con los enanos armando legos, jugando a la pelota, viendo películas (las de Pixar eran mis preferidas), haciendo un doctorado de dinosaurios (en serio, los niños saben más de dinosaurio que los propios paleontólogos).

Estaban la mitad del tiempo con nosotras, la otra mitad con la ex esposa de Paula, con la que tenía una excelente relación porque ella es así, el amor y el respeto por delante.

«¿Qué es lo más maravilloso y lo más duro de enamorarte de una mamá lesbiana?», me preguntó hace poco una amiga que acaba de picar el anzuelo de una madre soltera. Lo más maravilloso es, sin duda, que el amor se multiplica. La diversión, los juegos, el ser acogida de una forma muy bonita en una familia que ya está formada. Tuve la suerte de ser recibida con entusiasmo por madre e hijos, no con recelo. Es tan especial comenzar a querer a niños que empiezan a formar parte de tu día a día, verlos crecer, darles un beso en la rodilla cuando se caen, o ver cómo saltan de alegría solo porque vas a dedicar media hora a jugar con ellos.

¿Qué es lo más duro? Yo pensaba que sería adaptarme a ellos, entender que nunca sería una prioridad para mi novia, o que no seríamos dos, seríamos cuatro. Pero no. Lo más duro es, absolutamente, decir adiós. No solo vives el duelo de la pareja, que ya sabemos todas lo duro que es. Vives el duelo de tu día a día con esos niños con los que te has pasado los últimos 4 años. Que a la pequeña la ayudé a dejar el pañal y ahora ya escribe y dibuja cómics. Que estuve en la graduación de Infantil del mayor y ya le quedan 2 años para acabar la primaria.

Paula y yo tenemos una muy buena relación y todos siguen en mi vida. Pero ya no es lo mismo, eso está claro. Y a pesar de que duele, no cabe duda de que lo volvería a vivir otra vez.

Envíanos tu historia a info@madreslesbianas.com

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