Yo, una mujer lesbiana soltera, me aventuré a ser mamá sin pareja

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madre soltera lesbiana
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Cuando dije que quería tener un hijo y que empezaría a mirar clínicas de fertilidad, mis amigas me miraron ojipláticas.

«¿En serio? ¿Pero tú sola? ¿Pero qué te ha dado? Pero si tu vida está bien así como está», «No sabes realmente lo que es tener un hijo», «no es como tener un perro, te amarras toda la vida».

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Las entiendo. No les pegaba nada verme como mamá. Siempre fui la ligona del grupo, la que no se perdía una fiesta, la rompecorazones, la que no tenía ninguna relación que durara más de tres años.

Pero simplemente sentí esas ganas y a mis 36 años de ese momento no me apetecía esperar más, tampoco me fiaba del «cuando te enamores y sientas que es la mujer de tu vida querrás tener hijos en pareja». No es mi caso, quizás el de otras, pero el mío no.

Me hice una inseminación artificial con semen de donante. No resultó. Me hice otra. Tampoco. Drama, me dolió más que cualquier ruptura. Me hice una tercera y… ¡bingo!

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A los lagrimones de emoción que siguieron a ver el test de orina positivo, prosiguió el terror. ¡Qué he hecho! ¿Qué será de mi vida? Ahora tengo un hijo, aunque sea del tamaño de una semilla, pero ya no me pudo desprender de él. ¿Y si me canso como de las chicas?

Fui una montaña rusa de emociones durante 40 semanas. En esas seguí teniendo citas por tinder y liándome con chicas, les hacía gracia que estuviera embarazada, y a más de una le ponía.

Llegó el momento. El súper momento. 24 horas de parto (y mi pensamiento de jamás vuelvo a pasar por esto), mis amigas y familiares llenando la habitación… hasta que apareció él: Hugo.

Me miró, nos miramos. Y sentí el amor más devastador e irreversible. A continuación se enganchó a mi teta y ahí se quedó dos años.

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¿Cómo es ser mamá soltera? Es una jodida maravilla. Yo sigo enamorada de mi hijo, esto solo ha ido a más. Tomo las decisiones yo, no tengo esas típicas discusiones que mis amigos y amigas en pareja y con hijos tienen. No hay conflicto. Todo es a mi manera.

Cuando Hugo tenía 20 meses sentí que aunque lo dos estábamos muy bien, quería que tuviera a alguien más, no solo a mi, así que en una terraza tomando algo con mis amigas les conté: quiero tener otro hijo, me voy a embarazar otra vez.

La misma reacción que años atrás. «Pero tú estás loca», «con uno es fácil», «no sabes lo que es tener hijos» (esto me hace gracia porque ellas no tienen ninguno», «te has confiado porque Hugo es un sol, pero el otro puede salirte un coñazo», etcétera.

Me reí, al final, como siempre, hago lo que me da la gana. Hace dos semanas nació Martín, afortunadamente en un parto mucho más corto… Y cuando estaba yo ahí pensando que claro que le querría, obvio, era mi hijo, pero que ni de cerca como quería a Hugo, ya estaba la vida mostrándome lo poco que sabía del amor.

Otra vez me atravesó como una espada ese amor irreversible. ¿Cómo se puede amar así, tan profundamente, a una personita que conoces hace dos semanas solo? Es tan intenso como mi amor hacia Hugo, pero diferente. Mi bebé mayor y mi bebé pequeño. Dormimos los tres en la misma cama, me ha salido toda la parte mamífera con estos cachorros.

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Ser mamá soltera de dos tiene sus partes buenas y malas. Te falta tiempo, no quieres quitarle atención al mayor, pero tienes un recién nacido, así que opto por llevarlo colgado y pegado a mi cuerpo mientras cocino, ceno con Hugo, vemos los dibujos y jugamos. Mi familia y mis amigas son el mejor apoyo, y aunque se los quedan y me ayudan, la verdad es que en el día a día estamos solos los 3.

Me siento afortunada. Disfruto. A veces no he tenido tiempo ni para comer un yogurt, pero intento tomármelo con humor, después de todo esta etapa no volveré a vivirla.

¿Y las chicas? Pues de momento nada de citas, nada de tinder, el cuerpo no me lo pide. El cuerpo me pide hibernar con mis ositos. ¿Y para lo demás? Pues el satisfayer.

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