Como dos mujeres en el armario se convirtieron en dos mamás lesbianas orgullosas

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Mamás lesbianas orgullosas

Si me veis hace cinco años no me podríais reconocer. Suena un poco patético pero era la típica que renegaba de su sexualidad, la que no quería aceptar del todo que me gustaban las chicas así que era más de amores tortuosos de una noche o tres que de relaciones sanas.

Trabajo en un área muy conservadora y nunca me ha gustado sobresalir o ser diferente. Durante muchos años intenté ser feliz con algún novio, ser «normal», pensaba que podía encontrar un hombre con el que formar una familia y que podía dejar mi deseo por las mujeres fuera de la ecuación de la vida que yo quería labrarme.

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Podréis imaginar que era bastante infeliz. Ocasionalmente me acostaba con mujeres pero si parecía que podían gustarme más allá salía corriendo despavorida.

Hace cuatro años empezamos a trabajar con una delegación de otra ciudad. Entre las tres personas que llegaron a nuestra oficina estaba Claudia, una mujer colombiana que levaba varios años viviendo en España, en Valencia. Nada más verla me gustó, pero yo sabía controlar muy bien esa parte en mi. Quizás por eso era más fría y más distante con ella.

Empezamos a conocernos mejor y la verdad es que era muy agradable tratar con ella. A las dos semanas ya no podía sacármela de la cabeza y me odiaba por ello.

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Como ella no conocía a nadie en Madrid me dijo que el sábado siguiente era su cumpleaños, que si me apetecía ir a cenar. Sin pensarlo le dije que sí. Después de la cena nos fuimos de copas, yo estaba tan nerviosa que no paré de beber, y ya sabéis lo que hace el alcohol, relaja y abre las puertas de los armarios. Vivo en el centro así que me acompañó a casa antes de tomar un taxi, y ahí, antes de subir, derribando todas mis barreras, la cogí de la chaqueta y la besé. Fue un momento increíble, pero a la vez horrible, era compañera de trabajo, donde yo más guardaba las apariencias. La solté y subí rápidamente a casa. Estuve los dos meses siguientes dirigiéndole la palabra solo para lo estrictamente necesario hasta que volvió a Valencia, donde vivía y trabajaba.

Seis meses después me tocó a mi viajar un par de días a su oficina, la vi y estaba tan guapa… Me invitó a tomar un café para discutir temas de trabajo, acepté, por supuesto, pero antes de pudiera abrir mi portátil me dijo: «¿Sabes? Nunca hablamos de lo que sucedió el día de mi cumpleaños». Yo, que no me lo esperaba, me puse muy roja.

«No quiero que te sientas incómoda», me dijo ella al notarlo, «sé que estabas borracha y que te arrepentiste de inmediato, solo quería contarte que creo que siempre me habían gustado las chicas y nunca me había atrevido a nada, tenía miedos y prejuicios, y después de ese día me di cuenta que tenía que vivir mi vida, que la vida es tan corta, y desde que volví a Valencia he estado conociendo chicas y también contándole a la gente que me importa que esta soy yo, mi yo real«.

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Me quedé tan impactada que no supe que decir. Así que dije lo más tonto del mundo: «bien, me alegro, ¿empezamos con la presentación?», mientras abría mi portátil. Por dentro estaba sintiendo tantas cosas, el recuerdo de ese beso, el que ella fuera lesbiana, el que fuera tan valiente y el que yo era una persona que le importaba. Tenía ganas de llorar pero también de huir de ahí, huir de ella, de lo que me hacía sentir.

Volví a Madrid y mi vida empeoró. Empecé a estar más triste, más centrada en el trabajo, sin parar de pensar en Claudia. Un día me fui a comer con mi madre y recuerdo que me preguntó: ¿y? ¿algún chico especial en tu vida? «Nada mamá, ningún chico especial», le respondí mientras revolvía la ensalada. «¿Y alguna chica? Que a veces ahí también se puede encontrar el amor y no pasa nada».

Sus palabras me removieron tanto que me puse a llorar ahí, arriba de la ensalada. Hablamos, hablé de todo y ella también, me dijo que siempre había notado que yo era diferente, y que pedía perdón por todos los comentarios homófobos que podía haber hecho antaño, que ella había sido criada en otra época pero que ahora que veía tanto la diversidad solo quería que yo fuera feliz.

Cuando volví a casa, profundamente aliviada, le escribí un email a Claudia y le pedí perdón por haber sido tan capulla todo ese tiempo. Le conté la verdad, que me costaba mucho aceptar que me gustaban las chicas en general y en particular ella. Que no había sabido reaccionar, que ojalá me hubiera comportado diferente, que la admiraba y que esperaba que fuera feliz con alguna de esas chicas que estaba conociendo.

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Su respuesta fue breve: ¿Quieres venir un fin de semana a Valencia?

Y ahí, en ese fin de semana en Valencia comenzó nuestra historia y también mi nueva vida. Me dejé llevar y me enamoré como nunca imaginé que podría. Me costó salir del armario en el trabajo, con la familia y los amigos, sí, una barbaridad, pero empecé una terapia que me ayudó mucho.

Claudia y yo estamos casadas, somos muy felices, sobre todo desde que ha nacido nuestra princesa. Somos mamás lesbianas orgullosas de nuestra sexualidad y de nuestra familia.

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